Sentí un calor sofocante a pesar de cobijarme en la sombra del olivo. Volcando el botijo sobre mi frente sudorosa, únicamente conseguí que dos o tres gotas refrescaran mi piel ajada por el trabajo de sol a sol.
Imaginé un mundo mejor, para los hijos que estaban por venir, para mi pueblo.
A lo lejos divisaba la torre de la iglesia que destacaba entre tanto blanco. La cal de nuestras casas proporcionaba una luminosidad que te hacia sobrellevar la jornada con distinto ánimo. Entonces pensé que ese era mi sitio, que nunca podría alejarme.
Estaba ensimismado en mis contradicciones cuando repicaron las campanas. Un frio escalofrio disipó el calor y la sed. Corrí hacia el pueblo, las calles empedradas parecina laberintos. Llegué a la plaza exhausto. Entre los corros, el más numeroso rodeaba a mi madre. Temí lo peor, y grité de rabia.Nunca pensé que llegaria ese momento. Se habia ido, se fue para siempre aquel que me lo dio todo, mi maestro, mi protector, mi ejemplo. Y yo me quedaba vacio, entre tano olivo, entre tanto sol, entre tanto esfuerzo. Nunca más pensé en marcharme, nunca más volví a tener calor.
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